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viernes 21 de octubre de 2011

La vida oscura de Clara: ¡Silencio, voz interior!



Clara, la de la vida oscura, remoja sus pies temblorosos en el agua azul baldosa; sus ojos enrojecidos por el insomnio crónico de quién hace años perdió la paz; su mirada apagada buscando, en la llanura artificial de su nueva piscina, razones para seguir viviendo esta agonía.
Queman como latigazos los risas de sus invitados, el tintinear alegre de los vasos de whisky, el chisporrotear la jugosa punta trasera ardiendo sobre las brasas, que nada tienen que ver con la pesadilla de este comunismo que nos está matando… porque nos está matando, muy a pesar de la fiesta de esta tarde, para celebrar -¡Oh! ¿cómo celebrar en medio de la pesadilla?- su aniversario de bodas... Veinte años no es nada y febril la mirada…
1991: Venezolanos, venezolanas ni se les ocurra casarse, porque el casado casa quiere, y el que quiera casa en esta Venezuela súbdita Fondo Monetario Internacional, tiene tres opciones: pedírsela a papá, lanzarse al vacío al 80% de interés anual, o ser realista y joderse pagando alquiler. 
“Yo nunca pagué alquiler ”-se dice Clara como para espantar los recuerdos que están mejor en el olvido-. Vivíamos en un anexo que hizo mi papá… “¡Ahhh! fue rarísimo volver de la luna de miel a mi cuarto de soltera, ahora disfrazado de apartamento tipo estudio con baño y kitchenette en los mismos metros cuadrados que antes llené con peluches y barbies…” La Venezuela de los anexos, casas unifamiliares convertidas en improvisados conjuntos residenciales donde los abuelos, suegros, tíos, cuñados y hermanos vivían juntos y revueltos en un laberinto de tabiques que daba al hogar un nuevo y claustrofóbico aspecto de colmena…
¿Colmena? -Clara sacude la cabeza reacomodando a conveniencia trocitos de memoria-. “Era un apartamentico bien cuchi, perfecto para empezar…” Para empezar a ver que no había por dónde empezar, que había llegado el fin, porque  como dijo entonces, hecho el loco, Carmelo Lauría “habían raspado la olla” y de nuestro país rico en petróleo solo quedaba pobreza y desesperanza.
Casota con piscina, regalo de aniversario, vivienda principal al 11% anual. Contratos suculentos para un negocio en su máximo apogeo, después de más de una década de estado comatoso a causa de un paquetazo… Un recuerdo punzante: 1992, Clara, cacerola en mano, desde una ventana de su hacinado anexo, coreando junto a todo el país el nombre de la esperanza: ¡Cha-vez, Cha-vez!…
¡Mentira! Los recuerdos mienten. Las apariencias también: La casa, el negocio, las risas…  no son más que espejismos en un país en ruinas que sueña con el autobús del progreso para transitar el camino del capitalismo popular.
¡Cha-vez, Chá-vez! -Insistía la vocecita del recuerdo mientras Clara, desencajada, corría a poner Globovisión.

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