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viernes 26 de noviembre de 2010
Las desventuras de Guillermo narradas por una señora en el supermercado
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Carola
Atravesado el carrito en medio de pasillo de lácteos, enredada con el Blackberry y un pedacito de pecorino importado, así la encontró la glamorosa y mayamera Olguita Rojas, y yo con esta franelita y a punto de devolver este queso carísimo que… Hello Olgui!
Aquí mi amor, comprando un pedacito de queso importado porque algún gustico se tiene que dar uno para soportar este infierno rojo que nos engulle. Si, my friend, es que uno no sabe cuándo es que le va a tocar. Fíjate en el pobre Guillermo… ¿Cómo que qué Guillermo? Zuloaga, gafa. Es que de tanto verlo, de tanto compartir sus angustias terminé por considerarlo como de la familia. Así como lo dijo aquella periodista de Globovisión, y no te voy a negar que se me aguaron los ojos cuando la oí, pobrecita. Porque la gente decente vive, trabaja y lucha para llegar a ser como Guillermo, así que pensar que Guillermo es uno más de nosotros hace más llevadera esta agonía cubano-apocalíptica.
¿Porque quién empezó, ah? Porque el loco ese pretende tratar a un Zuloaga de tu a tu y de paso secuestrarle sus camionetas y animalitos disecados, invadiendo la lujosa y privadísima propiedad de este venezolano que lleva más de cuatrocientos años viviendo en nuestro país...
¡Ay Olgui! Es que me da no sé qué con el pobre Guille y con los americanos, Olgui, tu sabes bien que esa gente es tan ordenada: los ricos con los ricos, la chusma con la chusma, como debe ser, amiga, porque esa merienda de negros que quieren montar en mi bello país… ¿A donde va a parar todo esto? ¿Los has visto tomando whisky 18 años y viajando al exterior? Y uno sin cupo y sufriendo una horrenda escasez de whisky porque estos comunistas ahora les dio por ser iguales.
Para colmo le dicen especulador a Guillermo, sin tomar en cuenta que da empleos en cambio, fíjate, que hasta lo invitaron al Congreso en Washington donde tuvo el valor para denunciar a este paisucho en el que nos tocó por mala suerte, mi amiga, porque hay que ver que habiendo tantos países decentes, incluso algunos tan cercanos como Colombia, viene uno a nacer aquí. Por eso yo aplaudo a Guillermo, porque solo un valiente es capaz de decir la verdad en pleno Capitolio. Que sí, chica, que somos una amenaza para los intereses de los USA, y eso da pena, imagínate, con razón nos niegan la visa de turista, porque al final ¿Qué va a saber ese encantador gringo de la Embajada si yo soy una venezuelan decente o si soy una del montón? Y eso que a uno se le nota que no viene de abajo, pero al final pagamos justos por comunistas.
Besitos que me voy… ¿Qué? ¡My god! Con esto de Guillermo casi se me olvida comprar el quesito... es más, me llevo dos. Chao, amigui, bye bye.
viernes 19 de noviembre de 2010
Un sábado extraordinario
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Carola
En Venezuela están pasando cosas maravillosas mientras nosotros nos acostumbramos a que pasen como algo normal, y de tanta costumbre dejamos de reconocer que, en nuestro país, lo extraordinario se hace cotidiano. Extraordinario como mi sábado en la sexta Feria Internacional del Libro de Venezuela.
Extraordinario el muchacho jovencito, greñudo, cargando un turrumaco de libros de filosofía, política, historia y, no conforme, preguntándome a mi, compradora de novelas y poesía, si no había visto el libro de Enrique Dussel. Extraordinario él y los sopotocientos muchachos que sostenían en equilibrio, a modo de malabaristas, cada uno su torre de libros, pasándose datos, prestándose cinco bolívares para que te puedas llevar otro, pana. Esos muchachos que vienen detrás en la cola con las manos llenas de libros y las cabezas llenas de ideas… Extraordinario un pavito que compró Gabriela Clavo y Canela.
Extraordinaria multitud de papás llevando bebés y libros en los brazos, cuarentonas despeinadas, abuelos vestidos de domingo en sábado, parejas compartiendo el salto que da el corazón cuando encuentras el libro que tanto has buscado, todos curucuteando el pabellón de las Librerías del Sur, extraordinario esfuerzo del Gobierno Bolivariano por sembrar el país de libros y lectores.
Extraordinarios cinco bolos, que pueden servir para comprar un chicle, que se mastica y se escupe, o para llevarte a Vallejo que se te pega para siempre en el alma. Extraordinarias matemáticas en las que mucho es igual a poco. Extraordinario el precio equivocado “No, señora, no cuesta diez, son solo cinco” Ta’ barato dame nueve: Leer a la orilla del cielo de Laura Antillano, Pensamiento de Bolívar ilustrado, Homenaje a Luis Mariano Rivera, un libro escrito por niños poetas, Abecedario con Alas de Marielba Nuñez, El tiempo de la Araña de Rachel Ortecho Suárez; esto para mis gorditas. Para mi, Cuentos reunidos de Rodolfo Walsh, Crónicas de poeta, del poeta pegajoso antes mencionado, Cuentos escogidos de Horacio Quiroga, El Siglo de las Luces de Alejo Carpentier, van cuarenta y cinco, así que voy por más.
El Loco Dorrego de Hernán Brienza, un libro de esos que uno sabe que existen, que deseas leer y que, casi resignada a no encontrarlo, lo encuentras en La Librería del Sur. Sesenta bolos… Todavía me queda algo así que… ¡El Quijote!
Extraordinario sábado de feria, con tantos buenos libros, buenos amigos, gigantescas arepas socialistas, Miguel Hernández gratis, Manuela y Simón también, un dolor de espalda de sarna con gusto no pica… Y Gustavo Pereira, mi poeta adorado, ahí, al alcance de este pueblo extraordinario que pasa su sábado en la Feria del Libro al alcance su poeta.
En Venezuela lo extraordinario se hace cotidiano.
miércoles 17 de noviembre de 2010
P con A: pa
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Carola
P con A: pa.
Pa- pá.
Mi papá no fuma la pipa. La verdad es que ni la pipa ni nada, mi papá hace siglos que dejó de fumar.
Mi papá me mima, ¿o era mi mamá? Mi papá me mimaba a su modo tan papérico, tan como mima un hombre que conoce y teme los efectos catastróficos, esos que desbaratan voluntades y razones, provocados por el dulce amor de una hija igualita a su papá.
Mi papá me canta. Y en un inglés machucado que hace que una canción de tantos papás a tantas hijas se convierta en una canción de él para mi solita. You are so beautiful to meeeeee!
Mi papá me mira. Con sus ojotes preciosos y brillantes, me mira orgulloso pero calladito, porque mi papá calla.
Mi papá calla. Porque no soy doctora y yo le escribo porque soy escritora, y sabe mi papá que alguien se equivocó, gracias al cielo, y su gorda no fue la doctora que nunca quiso ser.
Mi papá escribe. A través de mis letras porque tanto de lo que sé lo aprendí de él.
Mi papá cocina. Las mejores hallacas y una crema catalana para chuparse los dedos por lo que presumo que esta será una navidad insípida.
Mi papá cuenta chistes. Para evitar entrar en materia pasada que ambos queremos eludir. Mi papá y yo nos cagábamos de la risa, siempre escondiendo una lagrimita de verdad.
Yo beso a mi papá. Con el beso más decidor del mundo, un beso que de ser escrito ganaría, por lo bajito,el Rómulo Gallegos.
Yo besé a mi papá y nos dijimos adiós como si fuera posible decirle adiós a mi papá.
Yo amo a mi papá.
sábado 6 de noviembre de 2010
La razón de la locura
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Carola
Hace unos años vi en la tele a una señora furiosa romper un paquete de arroz en la cara de Eduardo Samán, quien la estaba protegiendo de un comerciante especulador. Poco antes había visto a padres y madres conspirando contra ellos mismos, haciendo reuniones clandestinas en los los colegios privados para aprobar aumentos de matrícula que, patrióticamente, duplicarían el permitido por el Ministerio de educación.
Los vi apoyar un paro que intentaba hundir al país, su país, como si ellos estuvieran exentos de sufrir las consecuencias del naufragio. Los vi celebrar un golpe de estado que pretendió desconocer la voluntad popular en nombre de la voluntad de la sociedad civil.
La sociedad civil, una denominación sacada de laboratorios comunicacionales que pretende diferenciar al pueblo: masa mugrosa, bruta, floja, fea; de la gente pensante, productiva, fina, educada, linda… gente de calidad de exportación, dirían las mentecillas colonizadas.
Buena parte de esta sociedad civil, que la historia se encargará de estudiar, tal vez, como víctimas del peor caso masivo de síndrome de Estocolmo, está compuesta por descendientes directos y recientes del pueblo que cultivan con angustia una amnesia autoinducida, que borra abuelos negros, papás obreros, mamás trabajadoras, esfuerzos colectivos de familias extendidas, la sopa aguada que alcanza para todos, la solidaridad necesaria de los pobres para que el muchacho sea doctor…
Pero algo pasa en el camino y, diploma en mano, el doctor abraza el individualismo y adjudica toda la gloria a su propio esfuerzo, y la palabra esfuerzo adquiere nuevas dimensiones, entonces si su suegro le regala un apartamento eso también será fruto del esfuerzo del doctor.
Convertidos es fervorosos militantes del darwinismo social, resienten a los pobres y les achacan la responsabilidad de su pobreza ignorando, anestésicamente, todo un sistema de explotación del cual ellos mismos son víctimas, aunque su arrogancia Master Card no les permita verlo.
Tropezando de nuevo con la misma piedra, hoy apoyan la estafa inmobiliaria reincidiendo en la torpeza de colocar al capital por encima de los intereses del pueblo, porque ellos no son pueblo, son sociedad civil.
Alimentan su indolencia con sobredosis de revistas y programas de tele por cable que los pasean por mansiones absurdas con quince baños con pocetas de oro, y yates gigantes con alfombras de pieles de animales en peligro de extinción, y perritos mimados con lazos azules que comen mejor que los nueve millones de niños que mueren de hambre cada año; que ojos que no ven corazón que no siente, Baby; cambia de canal y ponme mi poceta de oro: el sueño, la promesa imposible, la razón de la ceguera, de la rabia y la locura.