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viernes 27 de agosto de 2010

Vivir en el infierno como si nada




Menos mal que existe el New York Times para decirnos la verdad. Imagínense: yo aquí, haciendo mi vida como si nada, sin sospechar siquiera que Venezuela es un país más peligroso que el mismísimo, bombardeadísimo, Blackwatereadísimo Iraq. 
Yo, que ayer mismo fui de compras al supermercado de lo más tranquila, furiosa, eso sí, por el precio de las verduras. Inocente, creyendo que el especulador precoz es la amenaza más horrenda contra nuestra supervivencia, sin pensar en esos terroristas suicidas que se explotan, casi a diario, en los mercados iraquíes a las horas de más bululú.
Al inocente lo protege Dios, decía mi abuela. Debe ser por eso que pude comprar mis tomates y regresar a casa ilesa, con la cartera magullada, pero ilesa. Regresé rumiando la certeza de que un kilo de cebollas no puede costar veintiocho bolívares, pero entera, sin que me ametrallara una amable patrulla de mercenarios -perdón- contratistas de esos que, desde sus alcabalas, tienden a convertir a inocentes familias en daños colaterales en nombre de la democracia, la libertad y la ley oferta y demanda.
Increíble que no me diera cuenta del peligro que corremos en este país que ni siquiera está en guerra. Ayer mismo celebraba los siete años de Barrio Adentro y las más de un millon y medio de vidas que ha salvado mi adorada misión, y me dio justamente por pensar -¡Oh mente retorcida por el comunismo adoctrinante!-  en Iraq, que suma más de un millón y medio de civiles asesinados durante los nueve años de ocupación, sin contar los heridos, ni los condenados a una muerte prematura y lenta, gracias al uranio empobrecido regado, generosa y democráticamente, por los gringos en todo el territorio iraquí. 
El conocimiento libera, o aterra, como en este caso. Aterrados tendríamos que estar los venezolanos desde que supimos la verdad por el New York Times, pero, mostrando serias tendencias suicidas, la gente insiste en pasear por el Sambil. Irresponsables que pretender seguir acabando con los cupos en aviones, ferrys, peñeros, porque no hay guerra que pueda con las ganas de gozar las vacaciones. Madres desnaturalizadas que llevan a sus pequeños a corretear por playas, seguramente, cundidas de minas antipersonales. Idiotas que se tienden al sol a sorber piñas coladas con pitillo y sombrillitas mientras pasa lo que dice el New York Times que pasa. ¿Será que no lo leyeron?
O será que no somos gafos, que sabemos que por más que se esfuercen los malandros, por más que lo diga en NYT, ni de lejos conoceremos el infierno de Faluya. A menos, claro, que los deseos de algunos se hagan realidad y terminemos todos rociados con fósforo blanco made in USA. Solo entonces valdrá la desgraciada comparación de Venezuela con Iraq.
 

viernes 20 de agosto de 2010

Del dicho al hecho...







¡Ah! El discurso opositor: retahíla incoherente que pretende conservar la simpatía de aquellos odiosos que, aún hoy, añoran el “Te queremos Pedro, a la vez que se propone captar el interés de los que ellos llaman “chavistas decepcionados”. Un discurso acuseto pantaleto que se limita a señalar fallas del gobierno sin profundizar en sus causas, para evitar que quede en evidencia que ellos son parte del problema. Un discurso añorante que nos promete un futuro con ínfulas de pasado en el que, irremediablemente, “estaremos mal pero iremos bien.”

Discurso carroñero que arremete contra Barrio Adentro, que pretende, a punta de no nombrarlos, invisibilizar al Cardiológico Infantil, la Misión Milagros, la José Gregorio Hernández, pero no escatima titulares escandalosos ante un quirófano en mal estado. Discurso cruel que se burla de la ortografía del pueblo alfabetizado, pero que jamás sintió un pellizquito de angustia por ese mismo pueblo cuando era analfabeta.

Discurso inmoral que apoya a los especuladores, que acapara la leche, la harina, el arroz, que no tuvo reparos en matar de hambre a nuestros niños durante el paro petrolero, y que hoy pretende horrorizarse por los alimentos podridos de PDVAL, misión que, para ellos, comenzó a existir hace a penas tres meses para enriquecer a unos funcionarios corruptos, y no desde hace tres años para llevar a nuestras mesas millones de toneladas de comida de optima calidad.

Discurso arrogante que pretende convencernos de que somos brutos, que no sabemos lo que es mejor para nosotros, que ellos sí saben porque fueron a una universidad de verdad, verdad, no a una Bolivariana con carreras de pacotilla en las que el gobierno dilapida el dinero de todos, tratando de educar a todos, para que ya no nos crean, para que nadie se trague nuestro discurso, aunque lo disfracemos de social como lo hace Leopoldo con su partido Voluntad Popular, siempre empeñado en ignorar la ídem, o Maria Corina con su rojísimo “Es Ahora”, que cree que le quedó genial porque ese pueblo bruto se va a confundir y va votar por ella creyendo que vota por Chávez.

Discurso artificial que estrecha con asco manos de viejitas, que besa niñitos que huelen a pañal, que se limpia sin pudor con un pañuelo perfumado, que, rodeado guardaespaldas, se pone su sonrisa de afiche para la foto en la entrada de un barrio, abajito en la pata del cerro -¡qué susto, qué grima!- para ver si convence a alguien, sin lograr convencer a nadie.

Bilingüe discurso de oposición que, ante la tarea histórica de construir un país justo, libre y soberano, opta por interpretar el vergonzoso papel del que ni lava ni presta la batea.

Discurso fallido que nos invita a votar en contra de quien lo pronuncia.



viernes 13 de agosto de 2010

La Patria Grande: un monstruoso dolor de cabeza.






La Patria Grande, el sueño de Bolívar. Sudamérica unida, libre, soberana. De eso se trata mucho de lo que vimos esta semana, de esa visión amplia que desborda la mezquindad de las fronteras, que son más cicatrices que otra cosa.

Nuestros países serán domesticables siempre que insistamos en la miope necedad de mirarnos al ombligo, siempre que no nos reconozcamos en nuestros hermanos, siempre que condicionemos la hermandad a una ideología.

Domesticados nos quieren porque libres seríamos imparables. Dominados y con el espíritu roto, transculturizados, vacíos. Convenientemente recelosos de nuestros hermanos. Condicionados a la desconfianza. Separados.

Así nos quiere el enemigo que no es otro que el explotador, el mismo de siempre, el que se lleva nuestra riqueza a cambio espejitos para unos pocos y miseria para casi todos.

Nosotros no podemos quere, por eso recogemos el sueño de Bolívar para hacerlo nuestro porque entendemos que más que un sueño es nuestra salvación.

Las peleas entre hermanos no benefician sino al enemigo, experto sembrador de discordias que, por cierto, cada vez que buscamos acercarnos nos golpea furioso, como esos monstruos malos de los video juegos, que mientras más cerca están de la derrota más malucos y más disparadores de rayos se ponen.

El encuentro entre la Venezuela insumisa y una Colombia que consideraba suya produjo en el monstruo una migraña terrible. Entonces escupió monstruitos disfrazados de presidentes con fecha de caducidad vencida, reportajes viciados, provocaciones que apostaban al desencuentro… Escupió y escupió en vano.

¿Ganamos? ¿Qué ganamos? -Se preguntan algunos. Nada, que evitamos, por ahora, hacerle el mandado a los gringos matándonos entre nosotros mismos, y avanzamos hacia la Unión Sudamericana. ¡Imposible con esos gobiernos de derecha! -Dicen otros llenos de ingenua convicción, mientras el monstruo sonríe satisfecho.

Y es que si la unidad está sujeta a que coincidamos en ser todos de izquierdas o de derechas podemos embojotar nuestro sueño y meterlo en bolsillo trasero de nuestro pantalón -¡Oh casualidad!- made in USA

Porque La Patria Grande se construye a partir de lo que nos une y no de lo que nos separa. Porque, más allá de quien gobierne, los pueblos siguen siendo los pueblos. Lo vimos en el Barrio La Lucha de Santa Marta. Los pueblos claman la necesidad de que nos demos las manos en vez de puñaladas que ya sabemos a quien benefician. La unidad nos fortalece y es nuestro deber privilegiarla, no hacerlo es hacerle el juego al enemigo.

Dijo alguien que el siglo XXI nos encontraría unidos o dominados. Yo apuesto por la unión porque no tengo vocación de esclava, o de aspirina, en este caso monstruoso de migraña imperialista.




viernes 6 de agosto de 2010

La libertad según los esclavos







El mundo es un lugar tan confuso que hay personas que defienden, en nombre de la libertad, su derecho a ser esclavos. Libertad de elegir, le llaman algunos y otros libertad de mercado, pero siempre libertad para encubrir esclavitud.
Tenemos millones de esclavos que no saben que lo son, incautos que cultivan su esclavitud con esmero, que la transmiten orgullosos de generación en generación adiestrando a sus pequeños retoños para que encajen, para que pertenezcan, para que no desafinen. Esclavos que están dispuestos a defenderse de la amenaza de la liberación con uñas, dientes y twitazos.
La libertad, según los esclavos, es poder tener todas las cosas que se necesitan para vivir bien, y definen “vivir bien” como la posibilidad, siempre imposible, de tener todas las cosas que la tele y las revistas dicen que necesitan. Cosas efímeras y desechables que hay que cambiar constantemente porque pasan de moda, muchos pares de zapatos para un solo par de pies, cosas carísimas que digan quién eres -aunque mientan descaradamente-. Tantas cosas que son de primera necesidad y que obligan a nuestros esclavos modernos a sacrificar tantas otras menos importantes.
Es así como optan por destetar a sus bebés y meterlos en guarderías para poder trabajar y brindarles las mejores ropitas, más y mejores juguetes, piñatas majestuosas y el reglamentario viaje anual de Disney World. Es así como las parejas dejan de ser amantes y se convierten en business partners, socios que se encuentran tarde en la noche -cuando se encuentran- cansados, agobiados, siempre con una factura vencida en la punta de la lengua.
Bien lo valen la casa para cuatro donde caben diez, el apartamento de playa, las dos camionetas, el seguro, mis vestidos, tus corbatas, blackberries para toda la familia, la cocina italiana, la cocinera, el ballet de la niña, el karate del varón, el estrés y la depre, porque tengo una depre que no entiendo, a pesar del éxito… la depre…
Esclavos que sonríen felices en las fotos que se toman para recordar que son felices.
Aunque nunca hay tiempo, aunque ya casi no te veo, aunque ni en vacaciones dejamos de trabajar, aunque mi infancia fue tan feliz, tan familiar, tan distinta a la de mis niños, siempre corriendo, siempre estorbando, y toda esta culpa porque los quiero tanto y los tengo tan poco… y tantos juguetes para llenar vacíos, y tantas cuentas pendientes y otro plan vacacional para guardarlos y tanto trabajo…
Y, por si fuera poco, ahora estos locos socialistas que pretenden liberarnos de nuestro éxito, hordas de resentidos calumniadores del consumismo que vienen a atentar contra nuestro derecho a vivir bien, aunque esto no sea vida… ¡Qué depre!…¡Qué estrés!